Viernes de resurrección. Trigesimocuarto

8 02 2010

Era viernes, uno de esos cálidos con un dejillo a cama y películas. Con sabor a no despegarse ni un minuto y menos aun a compartir nuestra dicha con el exterior. Veníamos de unas semanas llenas de sutilezas, de comprensión y de entusiasmo. No había salido tema alguno referido al blog y las charlas tenían su punto de fuga solo en un futuro en común, en un porvenir acompañándonos.

Yo contaba de mis faltas y deslices y ella relataba de los propios. Nos desternillábamos con las cosas en común y nos sorprendíamos con las peripecias por las que habíamos pasado.  Los ex novios, las ex novias, las chicas y los chicos que nos habían ido cambiando poco a poco hasta llevarnos a ese tiempo. Las costumbres propias y los gustos insólitos con los que nos habíamos atravesado. Algunas eran divertidas y otras no tanto. Las culpas propias y las explicaciones del caso habían sellado una confianza que cementábamos con nuestros defectos y virtudes.

La relación crecía y sencillamente estaba bueno.

-Des, -la interrumpí.  -¿Qué cocinamos hoy?

Las objeciones variaban y saltaban desde la simple sopa de verduras hasta la más rebuscada receta del sur de Guam. Todo bailaba entre la necesidad de superficialidad y la demostración de aptitudes culinarias propias y ajenas. La candidez se nos acurrucaba abrigada y nos quitaba un poco de lo sexual, llevándonos, a velocidades increíbles, hacia terrenos mansos y sabrosos, si cabe la comparación.

Ya decidido el menú de la noche nos dedicamos a liar los bártulos. Cortábamos con velocidad acaracolada y limpiábamos, casi,  con el mismo ardor. Los olores comenzaban a rodearnos, perfumados, balsámicos. Por primera vez en mucho tiempo sentía un “lar” longe de meu Río. Una sacudida de tibia concordia me ahogaba de contento.

Nos besábamos en cada encuentro en la pequeña cocina. Todo estaba saliéndonos bien.

-Deberíamos hacer un blog de recetas, -dije.  -Uno que enseñe como cocinar en una cocina de verdad. No, como hacen los idiotas, -Para mi casi que todos lo son. – de la tele. Uno que cuente como, en una cocina chiquita con fuegos de verdad, se pueden hacer cosas ricas. Contar como aprovechar todas las hornallas y probarle al mundo que con todo listo y cortadito cualquier tontito se hace  llamar cheff.

Des sonreía y disfrutaba como Yo, lo que estábamos haciendo e insistía con que, ella, no cocinaba bien. El tiempo probaría que, eso, no era cierto.

-Deberíamos anotar las recetas que vamos inventando. -Señalaba Des, mientras caminaba a buscar un anotador donde escribir las cosas que metíamos en la cacerola. – Además las galletitas de avena del fin de semana pasado salieron buenísimas y no sea cosa que me olvide que le puse y las próximas sean una piedra como las que hiciste vos. – Sellaba muerta de risa.

Sonreíamos. La pasábamos tan bien juntos que simplemente el afuera no existía. Éramos Robinson Crusoe en una isla desierta en el medio de la ciudad, ni Viernes existía. Nada era capaz de arrancarnos de la utopía que se gestaba dentro de aquel exiguo espacio.

Entonces sonó el portero eléctrico. Des estaba lejos y la llamé para que lo atendiera mientras yo seguía con la tarea de alimentarnos.

-¿Quién es? –Preguntó.

Casi que le saltaron los ojos de sus cuencas.

Nota del autor: La memoria de este escriba apenas si recuerda los hechos que continuaron de manera inconexa e incoherente. Conociendo a Des y su memoria casi prodigiosa, seguramente será más jugosa su continuación.





Ser o no ser… Trigésimotercero.

2 02 2010

Des concebía que lo que escribía era solo de ella y de sus “seguidores” y que por lo tanto solo ella tenía laudo sobre el asunto. En su mundo de adoración cibernética la estima de las personas que no la conocían era más importante que la de las personas que la queríamos. Ella era “Des encontrada” y en ese ámbito era la ídola de  los niños como los viejos personajes de Titanes en el Ring. Comentarios de empatía, adhesión, lealtad, afecto y paganismo se repetían en cada uno de los artículos en exposición. Todos sabemos que nos encanta que nos digan lo bien que hacemos, hicimos o haremos algo. Nos hace sentir un poco distintos en esta tierra de pares y es difícil soltarlo dejarlo ir por la falta de comprensión de alguien nuevo en nuestra vida que, encima, llega después y medio como tarde a la partida.

Ok, era, casi, comprensible. ¿Pero tenía sentido? O era sólo esa sensación de mierda que me destemplaba la espalda cada vez que sabía que andaba revolcándose, en sus historias, con cuanto perdedor se le cruzaba. Lo que me situaba en una situación de capricho voluntarioso. Ella insistía en que los usaba con el mismo propósito y el mismo fin con el que los hombres normalmente usan (que fea palabra) a las mujeres. Eran solo un buen momento de sexo y muchas veces ni eso, que al día siguiente se transforma en una sobra de la cena que fue servida.

Era la heroína de su propio comic, de su película sueca donde podía estudiar las emociones humanas mientras vengaba a todas las mujeres de mundo maltratadas por idiotas con pito. En el discurso sonaba bien pero en la práctica no siempre es así. Y cuando uno siente que es absoluto se cometen errores, muchas veces de principiante, otros por tozudez o necedad. La soga se tensaba día a día, letra a letra y la plaga estaba cada vez más cerca. Era cosa de un minuto a otro. Solo bastaba que uno de los dos dijera una estupidez minúscula para que todo volara por los aires. Opté por mantenerme a un costado, por no meterme donde no debía y mucho menos reclamar que cerrara lo que tanto le había costado conseguir.

Me hice a un lado y la dejé tejer todas las historias que sintiera necesarias. Estaba convencido que más temprano que tarde entendería que lo que hacía nos podía lastimar, no solo a mí, sino también a ella en cualquier esquina en cualquier doblez. Pero no pasaba. No nos convencíamos de que la situación que rodeaba lo increíble del enamoramiento inicial era más delicada de lo que nos parecía.

La relación subía por un ascensor precioso henchido de cosas increíbles pero vibraba, imperceptible, pero intensamente y amenazaba con desbaratar todo de un segundo a otro. Yo lo sabía y Des lo sabía. La pregunta, ya a esta altura, era: ¿Sigo? ¿Seguimos?





Luces y sombras. Trigésimosegundo.

26 01 2010

La música estridente y un ambiente donde  la luminosidad y  las sombras golpeaban mi pecho acompasadas por tonos bajos y rítmicos. El calor se sentía en cada espacio libre donde los pies de otras personas no se movían. Era difícil desplazarse entre el gentío que parecía sacudirse incandescente y obtuso. Entre las negruras y destellos veo un pelo claro, no muy largo, que enmarcaba ojos que hacían un  juego clásico. Ella se batía y vibraba con la sonrisa expuesta y algunas gotas de  sudor que brillaban entre pequeñas pecas en la piel de los hombros descubiertos.

Me traigo como puedo entre los otros que bailan. Procuro acortar distancias y poco a poco voy devorando el espacio y el camino que  se angosta ante la línea del horizonte ya clavada en el canvas. Me ve y sonríe. Persigo esos ojos con la mirada hundida en sus bezos apenas rosados que me gritan en silencio y me tientan out loud. El centelleo de las  bombillas la sisaba por pequeñísimos intervalos, devolviéndola con la misma velocidad con la que la volvían a esconder en la espesura de la oscuridad nimia. La tengo a un paso me ve, me mira, me observa y me tiene. Sabe que estoy ahí solo por ella, que la situación dista de ser mi ideal pero ella lo puede y disfruta verme en la situación de acecho y ella, la supuesta presa, está lista para devorarme.

De repente, como si se hubiese hendido un hueco en el espacio una mano, de la que no veo el cuerpo, la toma del brazo. El instante se congela y el segundo cuelga un segundo más del alfeizar del tiempo. La luz se va, se oculta intencionada, maleante y dañina. Ese segundo se ensaña, estirándose, por encima de lo risueño, obligándome al odio intenso a la oscuridad perpetua.

Volvió el brillo y ella ya no existía en el lugar, habíase evaporado frente a mí como el hielo en una bebida caliente. Giré en el eje libre. Y grite su nombre. Corrí como pude hacia uno de los lados donde había menos gente tratando de encontrarla. Se me cruzaban personas, ropa en el piso y escalones maliciosos escondidos. Desniveles creados solo para alejarla. La veo, está a unos pasos de espaldas caminando hacia una salida lateral. Veo la mano que la llevó tomándola por la cintura, veo la espalda que lleva la mano, veo el pelo que acompaña la espalda. Veo el color del pelo…

Despierto.







Sombras a un costado II. Trigésimoprimero.

20 01 2010

Desnudo. Depuesto en medio de las sabanas remangadas y fruncidas de la deshecha cama. Las gotas de sexo arrastrándose impulsivas por mi piel. Mis ojos, gigantescos y huraños, buscaban espacios de aislamiento en esa cama antes llena de piel y erotismo. Intentaba tropezar con la emoción de la caída, del espacio inerte o de la cesantía y el relevo. Sin mayores sitios que los recorridos en esos días pero con el sinsabor clavado, de la confidencia leída por impulso.

Des se había plantado y me había trazado que seguiría con sus historias. Que era necesaria, en su obligatoria catarsis, en su historia personal y en su crecimiento que escribir le hacía bien y un montón de cosas que me hacían sentir una mezcla entre Pol Pot e Isabel Báthory.

Para mí, Des, mostraba una capacidad de comprensión tan baja que me obligaba a preguntarme, en esos instantes de asechanza, si sentía, realmente, como yo lo hacía. Me costaba subir al ascensor sin suponerla besándose con algún “Idiota” pasado o entrar a la cocina sin entreverla reposada en la ventana…

No me reconocía. No sabía qué era esa zozobra que me vencía y me reducía a silencio. La mudez se apoderaba de mi porte de pensamiento, dejándome autista en mi propio sentir. Amaba a esa mujer. Pero los fantasmas se agigantaban. Crecían como enredaderas por mi cuerpo dejándome tieso y contraído. Aún durante las más feroces revueltas de piel, sudor y gemidos mi cabeza desvariaba y desbarrancaba hacia la morbosa pieza de lectura virtual.

No sabía qué hacer. Las sombras de sus historias me acechaban y mis preguntas eran tan enormes como el miedo a las respuestas. Era un idiota, me lo gritaba en el espejo cada vez que me veía. Pero no lo podía manejar. Un jugador de ajedrez, como siempre me había auto descripto, era vencido por un conjunto de letras de un pasado que no me pertenecía. Me sentía un boludo un tarado… no me sentía, lo era.

Entonces… Des era mucho más de lo que había demandado en aquel puente. Había pedido una oportunidad de estar bien. Y ella me había devuelto muchísimo más. Pero para alguien, como yo, que no cree en el inconsciente, lo sueños eran muy reales. Y los tiempos en los que se presentaban no podían ser más inconvenientes u oportunos. Durante la noche, los pelos blancos y los bailes ardientes, se sentaban a contarme historias al oído, tan vívidas y efectivas, que no podían no ser ciertas.





La vez, la última. Trigésimo.

12 01 2010

De todos los subtes de París hay uno que tiene un recorrido de quince o veinte segundos, quizás sean cuarenta, que saca el aire. Venís bajo la tierra, rodeado de luz artificial o en un pequeño pasillo entre edificios de grisácea lozanía.  Abrazado por las miradas de la gente y de la sensación claustrofóbica de estar, casi siempre, bajo de la tierra y de pronto por tus ventanas se mete el sol y el agua. Y los anteojos de sol, ridículos dentro del vagón, se vuelven obligatorios mientras buscas el exterior que te pesca de improviso por  las mejillas y te sopla en las pupilas, los ojos se agigantan en la búsqueda del segundo impalpable y termina así, pronto y resuelto,  entre edificios y estaciones.

Se cruza el Seine por un paso elevado y te indica obligatoria, sobre la margen derecha, la mole de metal más grotesca y estupenda del mundo. Envuelta por Champs de Mars y los Bateaux Mouches que recorren las aguas que zanjan la ciudad.

Entonces…

Bajé en Passy y caminé por el pequeño Pont de Bir Hakeim. Era un día gris el único gris en más de treinta jornadas y mi humor estaba vestido al tono. Tenía que volverme. Quedaban solo unos días más.  Volver a rio, regresar a un vacio tibio y sin interrupciones. Pero de pronto, a la mitad del puente me encontré con un espacio que parecía propio y propicio. No había nadie, increíblemente,  caminando por la zona y comenzaba a gotear suave y frio sobre el cemento y las flores de pequeño lugar. Sobre el borde que daba al río y a la torre había un espacio para sentarse que, de alguna manera, me tomo por sorpresa encontrarme de rodillas sobre el asiento y con la mirada clavada en el plomo del techo lluvioso que me aislaba, al menos en mi mente, del mundo circundante. Y entonces, así como baile con Iemanja en un enero calido de, exactamente hoy un año atrás. Esta vez me choque de frente con la espiritualidad inmortal que nos sostiene esas veces en la que sentimos que lo único perdido somos nosotros.

Pensé en voz alta y grité en silencio. Demandé egoístamente y lloré seco con la avara necesidad de mi propio bienestar. Busqué desatar los blandos nudos de aquellas gruesísimas sogas de buque y pedi y pedi y pedi. Vacío. Desmantelado. Reclamé.





Sombras a un costado.Vigésimonoveno.

6 01 2010

Los días pasaron con altas y bajas. Las sensaciones de amor absolutas e inigualables se mezclaban con sentimientos de confusión y desconcierto. Había una intriga enorme que me complicaba por momentos. La mujer con la que compartía casi todas mis horas y aquella sobre la que había leído parecían muy distintas pero a su vez se suponía que eran la misma.

Muchas veces las imágenes se atravesaban en momentos poco oportunos y me arrasaban. Eran como grandes barcos llenos barullo y revuelta. Una mezcla de tierra oscura e imágenes que me secuestraban en rincones de la casa y que se desperezaban y regodeaban frente a mí con la única intención de joderme la ocasión. Se me complicaba.

Des subía los escalones con la misma velocidad que yo, mas mantenía una imagen de independencia que notaba o creía un poco ficticia.  ¿Era miedo? Sentía que se asomaba al balcón con la misma pasión con la que lo hacía yo pero algo no le cerraba a ella y algo no me cerraba a mí. No sabía si la de ella era la misma duda que me perseguía a mí, pero estaba detrás nuestro como acechador de simplona película de terror.

Nos sentíamos bien, planeábamos juntos en todos los sentidos y hacíamos todas las locuras que manda el manual del estúpido enamorado. Seguíamos dibujándonos desnudos, cogiendo a cada hora y en cada rincón. Besándonos en cada puerta y en cada baldosa. Seguíamos mirándonos con un candor inocente y una tibia sensación, que nos apretujaba en perfecta coincidencia, nos acompañaba en perfecto trío.

Pero había una sombra, una espina clavada en un costado…





Setenta segundos. Vigésimooctavo.

9 12 2009

-Te amo… -me dijo.

Aún abrazándola estiré mi cuello buscando la perspectiva necesaria para observar aquel gesto que no notaba en el primer plano. No la solté, pero aseguraría que la pude ver de una distancia intensa y proyectada. Mi noción dio miles de vueltas mientras despeñaba extraviado en la ausencia de reacción.

-¿Que dijiste? –pregunte todavía asombrado.

Me devolvía la mirada con un peso que hubiera hundido un continente entero en el más profundo de los abismos. Un brillo seguro y prestante me devoraba entero sin masticarme. Y una paz, que no era comprensible en tan poco tiempo recorrido, me calmaba el ímpetu del sonido imprevisto y aspirado.

-Te amo, -refrendó blando y sensual. Casi táctil.

Su voz me abrió un surco en el pecho que se llenó de una sensación tan espesa y tibia que ahogó mi conciencia. Me hundí, en un inmensurable instante, en aquella emoción real y concentrada. La cabeza me dio un par de vueltas y el aire de la habitación se escapó por resquicios invisibles dejando ese sonido reverberando indómito en el vacío presente. Se  arrugaron las paredes y el techo se acerco, tan peligrosamente, que mis ojos notaron como se comprimió el universo en ese espacio, en esa cama. En esos brazos que tampoco se desajustaban de mi espalda. Y en mi ojos que se refregaban a sí mismos parpadeando intensos.

La besé. No había más que decir o sentir.





Hablamos… Vigésimoseptimo.

3 12 2009

Nos columpiábamos entre algunas lágrimas de efectos y sensaciones acompasadas. Eran mínimas pero tan reales que  las juzgaba capaces de llenar esos espacios donde se no habían enclavado las dudas y los dolores que se estrechaban  lánguidamente. Me expliqué y se explicó. Las razones de uno y otro eran validas y tan reales como las almas que las discutían. Ella explicaba su espacio, su sitio privado donde era Des quien marcaba los pasos y los tiempos, donde el anonimato le dibujaba distintos rostros y sonrisas y experiencias.  Donde se daba el gusto de escribir, pasión que  creía se capaz de desplegar. Yo trataba de sortear las imágenes de explicidad  declarada. Intentaba la crítica mínima que creía necesaria. Intentaba contarle del dolor autoinfligido de la alucinación de realidad virtual que sentía en rincones sobre los que había leído.   Éramos dos personas con la necesidad de entender y aceptar. De cerrar un moretón cardenal, una herida que se nos había abierto imperceptible, que ardía debajo de la piel y de los ojos, aguachentándolos.  Nos preguntábamos  y no nos mentíamos. Releí, mentalmente, lo que mi mirada había espiado y ella se sonrojaba y se le notaba una tirria mínima pero real por lo inesperado de haberse vuelto visible en su invisibilidad.

Busqué los bordes de una discusión que nos podría separar. Entendí  sus necesidades y me tragué mis boludas pretensiones. Me aguanté la tormenta, vestí impermeable y botas de lluvia. Me até al palo mayor y me preparé para la sudestada que esperaba eludible.

Abrazos y besos  de virtud virginal. Tal, que el cuarto se iluminaba y las luces dejaban de ser obligatorias. Refrendamos las sensaciones de esos primeros días. Estábamos aun ahí. Maduros y convencidos.  No miramos y nos vimos reales, sin mascaras de seducción ni sonrisas de cera. ¿Entonces qué? La verdad como premisa. La verdad como sanación.  Había algo que nos sentaba en la misma habitación y así sucedió…

Nos dejamos caer sobre el acolchado de su cuarto. Nuestros labios disfrutaban de la presión, de la tibia saliva, de las cosquillas de nuestras lenguas enroscándose delirantes y rabiosas.  Sus manos corriendo sobre mi espalda y las mías envolviéndole la cara mientras disfrutaba sus bezos.

-Te amo… -me dijo.

Nos columpiábamos entre algunas lágrimas de efectos y sensaciones acompasadas. Eran mínimas pero tan reales que  las juzgaba capaces de llenar esos espacios donde se no habían enclavado las dudas y los dolores que se estrechaban  lánguidamente. Me expliqué y se explicó. Las razones de uno y otro eran validas y tan reales como las almas que las discutían. Ella explicaba su espacio, su sitio privado donde era Des quien marcaba los pasos y los tiempos, donde el anonimato le dibujaba distintos rostros y sonrisas y experiencias.  Donde se daba el gusto de escribir, pasión que  creía se capaz de desplegar. Yo trataba de sortear las imágenes de explicidad  declarada. Intentaba la crítica mínima que creía necesaria. Intentaba contarle del dolor autoinfligido de la alucinación de realidad virtual que sentía en rincones sobre los que había leído.   Éramos dos personas con la necesidad de entender y aceptar. De cerrar un moretón cardenal, una herida que se nos había abierto imperceptible, que ardía debajo de la piel y de los ojos, aguachentándolos.  Nos preguntábamos  y no nos mentíamos. Releí, mentalmente, lo que mi mirada había espiado y ella se sonrojaba y se le notaba una tirria mínima pero real por lo inesperado de haberse vuelto visible en su invisibilidad.

Busqué los bordes de una discusión que nos podría separar. Entendí  sus necesidades y me tragué mis boludas pretensiones. Me aguanté la tormenta, vestí impermeable y botas de lluvia. Me até al palo mayor y me preparé para la sudestada que esperaba eludible.

Abrazos y besos  de virtud virginal. Tal, que el cuarto se iluminaba y las luces dejaban de ser obligatorias. Refrendamos las sensaciones de esos primeros días. Estábamos aun ahí. Maduros y convencidos.  No miramos y nos vimos reales, sin mascaras de seducción ni sonrisas de cera. ¿Entonces qué? La verdad como premisa. La verdad como sanación.  Había algo que nos sentaba en la misma habitación y así sucedió…

Nos dejamos caer sobre el acolchado de su cuarto. Nuestros labios disfrutaban de la presión, de la tibia saliva, de las cosquillas de nuestras lenguas enroscándose delirantes y rabiosas.  Sus manos corriendo sobre mi espalda y las mías envolviéndole la cara mientras disfrutaba sus bezos.

-Te amo… -me dijo.







Y la tarde siguiente. Vigésimosexto.

18 11 2009

Las incógnitas eran tantas que las réplicas eran improbables. Una diatriba de exactitudes disimulables, disimuladas. Una congestión de pasadores, de cerrojos que impedían la comprensión.  Además quien era yo para plantearle cosas, preguntar y revolver en donde no tenía la mirada permitida y en la que me había inmiscuido. Des me gustaba mucho y me hacía sentir distinto, desigual. Casi sanado de las dolencias de alma que habían me desbordado con helados ríos de mugrosa y pestilente tristeza. Había me pasado ya tanto, que me había transformado en un hielo con patas. Gris, llenos de filósofos Franceses y suicidas Rusos. De Artaud y Fedor, de Diderot y … Sediento de finales quizás no tan trágicos y escéptico de un mundo que me rodeaba, que me mostraba un reflejo tan distinto a la media que me sentía un outsider, siendo del mismo side.

¿La iba a perder por cosas que habían pasado en otros días? Ni siquiera estaba al tanto si eran reales o solo una novela de gesta y aventura. Las historias que había hojeado eran, por decirlo destempladamente,  las de una mujer que actuaba como un hombre, con la ventaja que le da que nosotros, los hombres, somos fáciles, casi de factibilidad absoluta e incondicional. Nos miran con algo de intensidad y nos tienen con la cola entre las patas rondándoles como si nos fueran a alimentar el ego. Nos tientan y se nos pega el maxilar a piso como en un dibujo de la Warner y si encima nos encaran con valentía quijotesca no sabemos decir que no sin importar si distinguimos o no los molinos de viento. Algunas veces ni hablar nos sale. Y si aparte de todo esto, está buena, que contar… nos regalamos como un par de medias en fiesta navideña. Des había hecho eso, jugar al varón ganador, al que nadie le dice que no y le había ido bien. Muy bien. Pero aun no tenía, Yo, toda la info. Y sin estudiar el caso no se puede ir a juicio. Había que entender las claves, aprender de las motivaciones y escuchar los argumentos. Escuchar a los letrados, interrogar a los testigos presenciales y por sobre todas las cosas, mirar a los ojos al acusado, buscar un brillo latente que tenemos todos los que alguna vez nos portamos no muy bien o mejor dicho no muy mal.

¿Entonces qué hacer?

El bondi a  la casa de Des fue un suplicio, no sabía que nos pasaría, no sabía si el desencanto quebraría el cuadro que veníamos pintando. Me imaginaba en Río nuevamente, lejos y destrozado. Ausente y retirado de la tierra una vez más y con un desierto tan imposible de debilitar que no me imaginaba otra cosa que suplicio, angustia y pesadumbre. Un desvarío de realidad que me enturbiaba el encanto de la Cidade Maravilhosa. Y que no tenía sentido sin ese calor que me había devuelto ella, apenas regresado a esta ciudad de Buenos Aires que reiteraba sus golpes en las heridas ya curadas. En las cicatrices de años. Incluso en esas e que se habían vuelto imposibles de ver.  Salvo para el ojo entrenado.

Los celos eran una emoción que no me habían presentado en ninguna tertulia a la que me habían invitado. Una sensiblería que me resultaba tan esquiva como idiota, una burla a la inteligencia propia, una piedra en el zapato de una relación… Bueno la que tenía en mi zapato era la piedra movediza de Tandil, ya derrumbada del peñasco y ocupando toda la pantalla de cine, donde las fotografías de cama, cocina y ascensor de Des se reflejaban con la distorsión propia de una tela irregular, de un fondo anómalo. Con la  deformación del efecto que leerla me había causado. Estaba, en pocas letras, sin poder discernir y con esta nueva “cosa” que me dominaba como un luchador de sumo hambriento. No tenía nada para ofrecer más que comprensión y disculpas. Sinceras miradas limpias y amplios espacios para la charla y la mirada autentica. Estaba dispuesto a todo. Des había ganado una batalla que no había peleado. Una batalla tan interna y visceral en mis entrañas que sin ella saberlo, ni yo al momento,  nos había abierto las puertas para una comunicación pura y sin mentiras, un gran cambio a lo que ella y yo alguna vez nos habíamos acostumbrado.





Y la mañana siguiente. Vigésimoquinto.

15 11 2009

Cerré la computadora y  quedé a oscuras.

La única luz que me iluminaba era la de la pantalla y esa sombra que me envolvía no era lo suficientemente  lóbrega como para enterrarme y borrar las imágenes percibidas, ni la culpa franca que se me atoraba. Había traicionado una verdad propia de una manera que me resultaba insultante. Cómo explicar la traición. ¿Debía mentir, esconderme, no llamar? Cómo podía mirarla a los ojos después de aquel acto de vulgar perfidia.  ¿Era real lo que había leído? ¿Era todo sexo?  ¿Era ella así realmente?

Las preguntas se acumulaban de a docenas, eran quizás exageradas. Y aquellos cuadros demasiado explícitos en mi cabeza abrumada. No sabía cómo volver a mirarla sin que se me notaran ciertas marcas. Mientras me acostaba a dormir sentía ese vibrar en mis manos y los latidos descompasados de mi pecho. Leerla no me había mostrado lo que esperaba. Leerla había sido un error.

Desperté con una claridad ignorada en la noche anterior. Tenía solo una manera de seguir adelante y era de frente y sin vueltas.  Limpiar la herida propia, disculparme por la llaga concedida  y bancarme la que viniera con la misma inercia con la que había desatado mi “pasión por la lectura”.

Pero… Me dejé ganar por la estupidez y senté, frente a ella,  una pista que anticipó mi pecado venial. Un mensaje, que leído con la intención correcta dejaría una puerta ingenua, lista para la verdad sin disimulos ni escondrijos; pero sin mis ojos mirando los de ella, se transformaba en cobardía indisimulable. Me sentía cada vez peor. La flaqueza permeando mi capacidad de solución. Mi fragilidad, bailando con mi estupidez y mi imperfección, demostrada en cada movimiento.

Había que resolver y mostrar la culpa real, el amor real, los sentimientos también reales con los que había despertado esa mañana. Entonces busqué mi teléfono y la llamé.

-¿Tenés cinco minutos? Necesitamos hablar y no sé si podemos esperar mucho más…