Era viernes, uno de esos cálidos con un dejillo a cama y películas. Con sabor a no despegarse ni un minuto y menos aun a compartir nuestra dicha con el exterior. Veníamos de unas semanas llenas de sutilezas, de comprensión y de entusiasmo. No había salido tema alguno referido al blog y las charlas tenían su punto de fuga solo en un futuro en común, en un porvenir acompañándonos.
Yo contaba de mis faltas y deslices y ella relataba de los propios. Nos desternillábamos con las cosas en común y nos sorprendíamos con las peripecias por las que habíamos pasado. Los ex novios, las ex novias, las chicas y los chicos que nos habían ido cambiando poco a poco hasta llevarnos a ese tiempo. Las costumbres propias y los gustos insólitos con los que nos habíamos atravesado. Algunas eran divertidas y otras no tanto. Las culpas propias y las explicaciones del caso habían sellado una confianza que cementábamos con nuestros defectos y virtudes.
La relación crecía y sencillamente estaba bueno.
-Des, -la interrumpí. -¿Qué cocinamos hoy?
Las objeciones variaban y saltaban desde la simple sopa de verduras hasta la más rebuscada receta del sur de Guam. Todo bailaba entre la necesidad de superficialidad y la demostración de aptitudes culinarias propias y ajenas. La candidez se nos acurrucaba abrigada y nos quitaba un poco de lo sexual, llevándonos, a velocidades increíbles, hacia terrenos mansos y sabrosos, si cabe la comparación.
Ya decidido el menú de la noche nos dedicamos a liar los bártulos. Cortábamos con velocidad acaracolada y limpiábamos, casi, con el mismo ardor. Los olores comenzaban a rodearnos, perfumados, balsámicos. Por primera vez en mucho tiempo sentía un “lar” longe de meu Río. Una sacudida de tibia concordia me ahogaba de contento.
Nos besábamos en cada encuentro en la pequeña cocina. Todo estaba saliéndonos bien.
-Deberíamos hacer un blog de recetas, -dije. -Uno que enseñe como cocinar en una cocina de verdad. No, como hacen los idiotas, -Para mi casi que todos lo son. – de la tele. Uno que cuente como, en una cocina chiquita con fuegos de verdad, se pueden hacer cosas ricas. Contar como aprovechar todas las hornallas y probarle al mundo que con todo listo y cortadito cualquier tontito se hace llamar cheff.
Des sonreía y disfrutaba como Yo, lo que estábamos haciendo e insistía con que, ella, no cocinaba bien. El tiempo probaría que, eso, no era cierto.
-Deberíamos anotar las recetas que vamos inventando. -Señalaba Des, mientras caminaba a buscar un anotador donde escribir las cosas que metíamos en la cacerola. – Además las galletitas de avena del fin de semana pasado salieron buenísimas y no sea cosa que me olvide que le puse y las próximas sean una piedra como las que hiciste vos. – Sellaba muerta de risa.
Sonreíamos. La pasábamos tan bien juntos que simplemente el afuera no existía. Éramos Robinson Crusoe en una isla desierta en el medio de la ciudad, ni Viernes existía. Nada era capaz de arrancarnos de la utopía que se gestaba dentro de aquel exiguo espacio.
Entonces sonó el portero eléctrico. Des estaba lejos y la llamé para que lo atendiera mientras yo seguía con la tarea de alimentarnos.
-¿Quién es? –Preguntó.
Casi que le saltaron los ojos de sus cuencas.
Nota del autor: La memoria de este escriba apenas si recuerda los hechos que continuaron de manera inconexa e incoherente. Conociendo a Des y su memoria casi prodigiosa, seguramente será más jugosa su continuación.
Que dicen que dicen.